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jueves 28 de octubre del 2021

Cárdenas vs Salinas- POR NORBERTO HERNÁNDEZ

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El debate por la reforma eléctrica que propone el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha puesto al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en su encrucijada: regresan al cardenismo sacudiéndose el salinismo o se mantienen en el salinismo enterrando al cardenismo. Condicionados por la coalición con el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) los dirigentes priistas no se han dado cuenta de la oportunidad que tienen a la mano para reorientar su papel en el escenario político nacional. Carentes de liderazgo y de una posición estratégica, están perdiendo tiempo para encabezar un movimiento que los coloque en una posición proactiva, tan necesaria para su fortalecimiento electoral. Su tránsito por la corriente neoliberal los alejó de la silla presidencial y con bajos niveles de legitimidad ante el electorado. Ahí están los datos de las elecciones de 2018 y de junio de 2021.

La reforma de AMLO aborda un problema de fondo para la oposición en su conjunto, pero más para el PRI que en dos hechos históricos se movilizó en apoyo dela nacionalización del petróleo y de la nacionalización de la industria eléctrica. Luego dieron un vuelco a sus principios ideológicos al subordinarse a las políticas neoliberales impuestas desde el gobierno del presidente Miguel de la Madrid hasta el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto. La tradición de los priistas, al menos en sus documentos básicos, estuvo ligada a los principios de la Revolución Mexicana, a sus ideales y, de hecho, su lema se apegaba a esa congruencia discursiva: Democracia y Justicia Social. Pero llegó el sexenio de presidente Carlos Salinas y cambiaron al liberalismo social, sin que las bases, su militancia, entendieran el contenido y significado de lo que escuchaban en las intervenciones de sus líderes políticos. Formados en el callismo, en la reforma agraria y el zapatismo, en el maderismo y el “Sufragio Efectivo no Reelección”, en el sindicalismo y el movimiento obrero, de pronto cambiaron a categorías acuñadas en realidades ajenas a su formación cívica.

La Patria se quedó sin héroes; Juárez, Madero, Calles, Zapata, Villa y Cárdenas pasaron al olvido; los expulsaron de sus aulas de formación de cuadros para dar cabida a nuevos inquilinos que sepultaron al nacionalismo revolucionario, que era orgullo y patrimonio de los priistas. Sin saber los motivos y las razones cambiaron sus líneas discursivas por palabras como modernización, reforma, privatización, redimensionamiento del Estado, Solidaridad, economía de libre mercado, globalización y fin del mundo bipolar; es decir, fin de la guerra fría, caída del socialismo real y el triunfo del capitalismo. La mayoría no sabía de qué estaban hablando, pero tenían la esperanza que eso significara vivir mejor. Tan es así que durante la discusión y aprobación de las llamadas reformas estructurales del peñismo, sus diseñadores prometieron que los precios de la gasolina, el gas y la luz no incrementarían y el pueblo guardó prudente silencio.

El sueño de las promesas se convirtió en terribles pesadillas. Al cierre del sexenio del presidente Salinas y el inicio del presidente Zedillo, los mexicanos vivimos una de las peores crisis económicas del país, los legisladores del PRI y del PAN legalizaron el atraco más grande e infame hecho a la nación, con la aprobación del FOBAPROA donde se hizo pública la deuda privada de los insaciables banqueros mexicanos. Lo mismo ocurrió en enero de 2017, con la liberación de los precios de la gasolina, el conocido gasolinazo de Peña Nieto. El combustible no bajó como argumentaron los promotores de la reforma energética; tampoco la luz y el gas disminuyeron su precio. Los dos momentos fueron golpes terribles para el bienestar de las familias, pero los dos fueron detonadores de la inconformidad social que se materializó en las elecciones. Al final del sexenio del presidente Zedillo, los electores lograron lo que parecía imposible, derrotaron al PRI en las urnas. Ganó el PAN con su candidato Vicente Fox. En el 2018, el fenómeno se repitió y el PRI perdió el Poder Ejecutivo ante el candidato del partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).

El PAN y el PRI tienen dirigentes en sus comités nacionales, pero ambos partidos carecen de líderes con la capacidad para entender el momento político que vive México. A diferencia de ellos, el Poder Ejecutivo sí está en manos de un líder político. Tan es así que ambos partidos están queriendo dar la pelea cuando ya perdieron el foro público del debate. El PAN es congruente con sus acciones, defiende intereses económicos de una élite privilegiada, pero al PRI esa élite lo ha dejado sin base social, sin electores y dos veces lo ha separado del Poder Ejecutivo. Su respuesta a la reforma eléctrica no se limita a un sí o un no; se juega el proyecto de país que defenderá ante sus electores.

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